miércoles, 10 de diciembre de 2008

Adam Smith; el nacimiento de la esucela clásica

La doctrina política imperante en la Edad Moderna, el absolutismo, tuvo su propio estadio filosófico-político (que incidía de forma indirecta en modelos económicos -mercantilismo-) construido a partir de las observaciones de Maquiavelo y Hobbes, a saber: la naturaleza humana, egoísta per se, hacía imposible la vida social libre. Solo el Estado absoluto, que en virtud de su potestad regía al conjunto con autoridad, era el medio viable de convivencia en sociedad. La historia política inglesa, sinembargo, se desmarcaría pronto de este sistema para desarrollar uno propio y original. El proceso hacia el modelo de Monarquía Parlamentaria -parlamentarismo- se ha conocido como la "vía singular inglesa".

Los hechos acaecidos en Inglaterra a partir de 1649 –año de la proclamación de la república inglesa-, y los sucesivos 1688 –revolución Gloriosa- y 1689 –declaración de derechos- se resolvieron como la respuesta de un grupo social burgues cuyos intereses se encontraban con los del monarca absoluto. Estos intereses -definidos como egoísmos individuales para el originario absolutismo- son, a la postre, de índole económico, por lo que también se hacía necesario buscar una vía de pensamiento que justificase la consolidación de esta nueva postura. Y es aquí donde Adam Smith provoca un punto de inflexión en la interpretación de los hechos económicos. Desde una disposición inclinada a idealizar el estado natural (como Locke o Rousseau) que implicaba evaluar o incluso condenar las instituciones imperantes, Smith va más allá que los empiristas y los filósofos del sentido moral en la conceptualización de un soporte metafísico legitimador y dilucida el teorema de “la mano ivisible”: el interés personal de los individuos es el que sirve al interés colectivo.

La expresión de esta y otras ideas se define en la obra culmen de A. Smith; Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1759). Es este tratado sin duda alguna un pilar básico en la ciencia económica, amén de punta de lanza de toda una corriente intelectual suscitada, la escuela clásica. Adam Smith buscaba, como así se desprende del título de su libro, el análisis del crecimiento a largo plazo. Para ello hubo de detenerse en explicar los factores intrínsecos que definían cuando un Estado era rico y porqué.

Smith encontró en la división del trabajo la fuente de dicha riqueza. La división del trabajo implicaba una diversificación productiva pero, a la vez, esta no se podía desplegar si no existía un mercado lo suficientemente desarrollado como para absorberla. Esta “extensión de mercado” marcaba los límites al crecimiento; límites geográficos y/o económicos.

Este último punto nos devuelve a la idea inicial mencionada; las restricciones al comercio –intervencionismo- presionaban negativamente al proceso que A. Smith entendía como impulsor de la riqueza: la acumulación de capital y su reinversión.

El alma de esta escuela que se estaba gestando encuentra también su génesis en las ideas en que se habían educado los futuros economistas, y en este sentido es diferencial la influencia del pensamiento newtoniano en los ilustrados y en la susodicha futura escuela clásica. El mundo se regía por leyes físicas que el ser humano no podía controlar pero si podía entender. Esta concepción filosófica se proyecta desde la idea de Descartes de que el conocimiento racional es viable. La economía mundial en términos macroeconómicos y microeconómicos también debía definirse por unas leyes que era posible escudriñar para extraer pautas con las que discernir –en la medida de lo posible- los procesos económicos.

En el ámbito macro con la postulación de su teoría del excedente, que puede encontrar sus raíces filosóficas en el iusnaturalismo así como en las influencias de Locke y Quesnay –laissez faire, laissez consomer-; y en el micro con la idea del equilibrio competitivo individualista, embebido en las tesis empiristas y prolongando una línea trazada por Hume, Hutcheson y Shaftesbury.

Smith no solo demostró una inusitada habilidad para captar los mecanismos dinámicos que propulsaban la economía; otorgó además a la ciencia económica de unos axiomas que tardarían en ser revisados y que, más allá, aun siguen siendo –en algunos casos- esquemas válidos a los ojos del liberalismo económico contemporáneo -neoliberalismo-. Como muestra, desde postulados actuales neoliberales se rescatan algunas ideas clásicas sobre el papel de los beneficios como incitación de la formación de capital y de la expansión económica, para amparar la introducción de tecnologías intensivas en capital en los países en proceso de desarrollo.

Pueda quizá deducirse de una lectura poco profunda de la obra de Simth una soterrada indiferencia ante los individuos menos favorecidos, sin embargo, los análisis que los economistas clásicos realizaban se sostenían en la realidad de los paises europeos, con un porcentaje altísimo de población en el umbral de pobreza. La doctrina clásica proponía el crecimiento de la producción en un proyecto agregado, como modelo para asegurar la riqueza de un país.
Riqueza no solo entendida en términos de balanza comercial –mercantilismo- sino como eje de esa diversificación –y aumento- de la producción en la que era necesaria una extensa mano de obra. Aun así, es igualmente cierto que la búsqueda de unos mayores beneficios incidía a la baja en los salarios nominales.

Estos postulados -entre otros- han permitido que muchos autores posteriores, hasta nuestros días, consideren a Smith como el padre de la economía. Es también innegable que otros tantos no han escatimado en críticas sobre su obra. A este respecto, cabe destacar la cita del ilustre Joseph A. Schumpeter calificando a Smith de “plagiario desvengorzado” en su Historia del análisis económico (1994).
Es evidente que algunas de las ideas de Smith surgieron de una literatura ya formulada (Turgot, David Hume, R. Cantillon, etc.) pero es innegable que fue el primero que supo aglutinarlas para construir un modelo coherente agregado sobre el que regir las disquisiciones que la economía retaba a resolver.

Bibliografía

Perdices de Blas, L.; “Historia del pensamiento económico”, Ed. Síntesis, Madrid.

Barber, William. J.; “Historia del pensamiento económico”, traducción de Solchaga, C. y Barba Bernabeu, G., revisión de Schwartz, P., Ed Alianza Editorial, 14ª Edición, Madrid 1992.

Screpanti, E. y Zamagni, S.; “Panorama de historia del pensamiento económico”, traducción de Ramos, F.J., Ed. Ariel Economía. Barcelona 1997.